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martes, 16 de septiembre de 2014

Caminar bajo la lluvia

Yo soy de los que caminan en la lluvia
De esos que beben de la fuente de la vida
De esos que obtienen felicidad de las heridas
De esos que empapan sus pies en avenidas

Yo soy de los que casi nunca usan paraguas
De los que salen a curarse de sus llagas
De esos que se bañan con el llanto del cielo
De esos que pasan a un lado de los ciegos

Yo soy de esos que pasean bajo las tormentas
De esos que sienten las caricias de la naturaleza
De aquellos que disfrutan de los truenos
De esos que se permiten perseguir sus sueños

Yo soy de esos que se pierden en las nubes
De esos que no olvidan lo que sufren
De los que les gustan las notas agudas
De los que les encanta caminar bajo la lluvia.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Granizo


Granizo que cae del cielo que llora
Sufriendo por lo que pierde este mundo
Otrora completo, bello y fecundo
El agua no alcanzan todos ahora

El verde del bosque antiguo enamora
Azul se pintaba lo alto profundo
Y luego llegó, dolor nauseabundo
Que logra a todo matar sin demora

Mi mundo sufre los males eternos
Sabemos muy bien el cómo sanarlo
¿Podremos al fin ya todos movernos?

Momento es ya de evitar detenernos
Futuro mejor, podemos lograrlo
Cuestión es de al fin lograr entendernos.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Muerte de la magia.

Dragón sagrado con fuego divino
Habitas en las montañas lejanas
Proteges bosque de cosas mundanas
Cuidando el árbol gigante de encino

Mas hombres todos avaros sin tino
De magia y poder saciaban sus ganas
Cortando y quemando ramas muy sanas
Abriendo a través del bosque camino

Con cien guerreros callaron el canto
Mil armas asesinaron la magia
De tajo mataron todo el encanto

Dejó caer la obscuridad negro manto
Dolor eterno la muerte presagia
Quedose por siempre el mundo en su espanto.

viernes, 8 de agosto de 2014

Cita


Volví a presionar cualquier botón de mi celular para que la hora brillara bajo la media luz de la cafetería, iluminara la taza de café con restos de espuma en ella y la servilleta hecha pedazos. Solo le daría hasta terminar este capítulo y me iría.

Le di la vuelta a la página y seguí leyendo sin prestar atención a una sola de las charlas a mí alrededor, estaba furiosa. Llevaba dos capítulos, una taza de café, un atardecer y tres cigarrillos sentada en ese sillón. La mesa a mi izquierda había sido ocupada y desocupada dos veces; la de mi derecha estaba vacía y sin limpiar desde hace cinco páginas; por último, la que estaba detrás llevaba casi el mismo tiempo que la mía ocupada por una pareja. Podía medir el tiempo que llevaban juntos sin siquiera dar una segunda mirada hacia atrás. Aún se sentaban juntos, aún hablaban sin dejar espacios de silencio pero sabiendo cosas intimas, aún no sentían correr el tiempo en sus citas pero se hacía increíblemente lento cuando estaban separados…no era difícil: juntos tenían al menos cuatro kilos de café, dos cenas, una comida, al menos una docena y media de salidas al cine, ya habían conocido a sus mejores amigos y…

–¿Todo bien? ¿Alguna otra cosa? –dijo la señorita con la camiseta polo color caqui, el mandil negro y una amplia sonrisa a pesar de las veces que había activado el molino, colado el café, limpiado la maquina, servido las tasas, limpiado las mesas, llevado el cambio y escuchado los reclamos de los clientes junto a sus compañeras.

Solo dos páginas más y me iría.

–La cuenta, por favor –con esfuerzos logre corresponder su sonrisa.

            Furiosa o no, estaba tan agradecida de haber tenido ese libro, no había nada peor que tener que sentir cada fragmento de tiempo pasar, como el goteo de una llave mal cerrada, esperando y esperando algo que hasta ahora no había sucedido.

–Aquí tiene  –esta vez no esperó nada para dirigirse a la mesa de la derecha y empezar a limpiarla, incluso mi taza había desaparecido.  

No toqué mi cuenta hasta llegar a la última página, el último párrafo, la última línea y la última palabra del capítulo. Mi tiempo allí había acabado y solo me tomó colocar el separador en el libro, sacar la cartera, pagar y ponerme el abrigo para estar fuera de allí con el sonido de las campanillas de la puerta anunciando mi retirada.

            A mi celular le tomó al menos media cuadra más en sonar.

–¿Hola?

–Hola cielo, soy yo –dijo.

Para nosotros ya había pasado mucho más tiempo que para la pareja del café. Su voz hace mucho que había dejado de alterar mis nervios.

–No pude llamarte antes, aún estoy atascado en el trabajo.

–Lo supuse –hace tres cigarrillos y más de un capitulo que lo había deducido.

–Lo siento ¿Lo pasamos para otro día? Justo ahora necesito estar en la oficina de Monroy y después recoger las herramientas para el proyecto.

–No te preocupes –preocuparse era para antes de ahora, antes de que estuviera tratando de no gritar… o de no llorar.

–Te prometo que te compensare.

¿Compensar un café que en teoría compensaría el cine de hace dos semanas? No pude responder a eso.

–Tengo que irme, lo siento. Saldremos la próxima vez. Descansa –fue todo, colgó y yo estuvo de nuevo sola en la calle.

jueves, 7 de agosto de 2014

COTIDIANIDAD




            

            Me gusta escuchar tus pasos que rompen el silencio de la tarde,
            adelantando tu llegada.
            Me gusta mirar tus silueta recortada en el marco de la puerta.
            Tenerte cara a cara para perderme en tu mirada,
            para fundirme con tu olor.
            Besar tu cuello, con los ojos cerrados,
            para grabarte en mi memoria.
            Acariciar tu espalda candente para temblar abrazada.
            Perderme en la oscuridad de tu cuerpo para sentirme viva.
            Abrir los ojos y extender el brazo,
            abrir la mano y tocar tus hombros,
            para tenerte.
            Me gusta mirar tu cabello húmedo, despeinado.
            Me gusta cuando te acercas, me besas y dices:

            -hasta pronto-.

SOLEDAD



                       

                        Surges, soledad.
                        Pura y clandestina,
            de melancolía abrazada
            y lágrimas pisando.
                        Te encaras al ansia,
            a los ojos luminosos,
            desvistes la paciencia.
                        Arrancas la visión
            del último suspiro: infranqueable.
                        Trágica comedia del sino humano.
                        Hundes tus manos lánguidas
            extrayendo palabra y sentimiento.
                        Resurges,
            soledad;
            vapuleando esperanzas,
            tragándote el espacio.
                        Pierdes el deseo febril de continuar.
                        Lanzas, presta,
            el ser a la cotidianidad.
                        Provocas colapsos,
            convulsiones patéticas,
            delirios ingenuos.
                        Surges,
                        soledad.

                        Destruyes.

NERUDA...


Conocí a Neruda una mañana limpia, tenía yo nueve o diez años y participaba en un concurso escolar de declamación; 
mi categoría había pasado y nos permitieron ingresar al salón enorme en el que se desarrollaba el concurso.

Y ahí lo encontré... 
En un claustro desierto en el que un Cristo inclinaba, cansado y empolvado, su cabeza coronada. Neruda parado a un lado lo observaba, escudriñando cada espacio de su piel, de sus ropas a jirones, de sus ropas tostadas de la sangre seca... 
Y el Cristo ahí, lejano, hambriento, de labios yertos, de ojos entreabiertos, contemplando profundamente adolorido, el paso inminente y terrible, cruel, huérfano, de la bestia maligna, vencedora, que se regodea en su paso por el mundo. 
Que repta, arrasando los desperdicios que la humanidad arroja, mortales mediocres, mortales humanos. 
El Cristo parcialmente iluminado por una pequeña y sucia lámpara, con una lucecita tenue y tímida, reflejaba en su rostro todo el dolor de los corazones perdidos, desesperados, abandonados, rotos. 
Con toda esa tristeza en su cuerpo lánguido, desfalleciente, sostenido apenas por los tendones desgarrados, entretejidos con el madero. 
De pronto, Neruda giró, se encontró con el Cristo y se vieron cara a cara. 
Yo parada, inmóvil, estupefacta, observaba...
¿Porqué lloraba el Cristo? ¿Porqué Neruda le susurraba?
-Hay Cristos que parecen tener pena por no poder cambiar la angustia ajena...
Neruda se acercó a consolarlo y el Cristo se inclinó lo más que pudo hacia los brazos abiertos... 
Entonces corrí, despavorida, con el grito ahogado en la garganta, con el terror temblando en mis rodillas, corrí... y regresé al gran salón... 
A partir de ese día fue mi amigo, mi espía, mi cómplice, mi dador de palabras.