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martes, 16 de septiembre de 2014

Caminar bajo la lluvia

Yo soy de los que caminan en la lluvia
De esos que beben de la fuente de la vida
De esos que obtienen felicidad de las heridas
De esos que empapan sus pies en avenidas

Yo soy de los que casi nunca usan paraguas
De los que salen a curarse de sus llagas
De esos que se bañan con el llanto del cielo
De esos que pasan a un lado de los ciegos

Yo soy de esos que pasean bajo las tormentas
De esos que sienten las caricias de la naturaleza
De aquellos que disfrutan de los truenos
De esos que se permiten perseguir sus sueños

Yo soy de esos que se pierden en las nubes
De esos que no olvidan lo que sufren
De los que les gustan las notas agudas
De los que les encanta caminar bajo la lluvia.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Granizo


Granizo que cae del cielo que llora
Sufriendo por lo que pierde este mundo
Otrora completo, bello y fecundo
El agua no alcanzan todos ahora

El verde del bosque antiguo enamora
Azul se pintaba lo alto profundo
Y luego llegó, dolor nauseabundo
Que logra a todo matar sin demora

Mi mundo sufre los males eternos
Sabemos muy bien el cómo sanarlo
¿Podremos al fin ya todos movernos?

Momento es ya de evitar detenernos
Futuro mejor, podemos lograrlo
Cuestión es de al fin lograr entendernos.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Muerte de la magia.

Dragón sagrado con fuego divino
Habitas en las montañas lejanas
Proteges bosque de cosas mundanas
Cuidando el árbol gigante de encino

Mas hombres todos avaros sin tino
De magia y poder saciaban sus ganas
Cortando y quemando ramas muy sanas
Abriendo a través del bosque camino

Con cien guerreros callaron el canto
Mil armas asesinaron la magia
De tajo mataron todo el encanto

Dejó caer la obscuridad negro manto
Dolor eterno la muerte presagia
Quedose por siempre el mundo en su espanto.

viernes, 8 de agosto de 2014

Cita


Volví a presionar cualquier botón de mi celular para que la hora brillara bajo la media luz de la cafetería, iluminara la taza de café con restos de espuma en ella y la servilleta hecha pedazos. Solo le daría hasta terminar este capítulo y me iría.

Le di la vuelta a la página y seguí leyendo sin prestar atención a una sola de las charlas a mí alrededor, estaba furiosa. Llevaba dos capítulos, una taza de café, un atardecer y tres cigarrillos sentada en ese sillón. La mesa a mi izquierda había sido ocupada y desocupada dos veces; la de mi derecha estaba vacía y sin limpiar desde hace cinco páginas; por último, la que estaba detrás llevaba casi el mismo tiempo que la mía ocupada por una pareja. Podía medir el tiempo que llevaban juntos sin siquiera dar una segunda mirada hacia atrás. Aún se sentaban juntos, aún hablaban sin dejar espacios de silencio pero sabiendo cosas intimas, aún no sentían correr el tiempo en sus citas pero se hacía increíblemente lento cuando estaban separados…no era difícil: juntos tenían al menos cuatro kilos de café, dos cenas, una comida, al menos una docena y media de salidas al cine, ya habían conocido a sus mejores amigos y…

–¿Todo bien? ¿Alguna otra cosa? –dijo la señorita con la camiseta polo color caqui, el mandil negro y una amplia sonrisa a pesar de las veces que había activado el molino, colado el café, limpiado la maquina, servido las tasas, limpiado las mesas, llevado el cambio y escuchado los reclamos de los clientes junto a sus compañeras.

Solo dos páginas más y me iría.

–La cuenta, por favor –con esfuerzos logre corresponder su sonrisa.

            Furiosa o no, estaba tan agradecida de haber tenido ese libro, no había nada peor que tener que sentir cada fragmento de tiempo pasar, como el goteo de una llave mal cerrada, esperando y esperando algo que hasta ahora no había sucedido.

–Aquí tiene  –esta vez no esperó nada para dirigirse a la mesa de la derecha y empezar a limpiarla, incluso mi taza había desaparecido.  

No toqué mi cuenta hasta llegar a la última página, el último párrafo, la última línea y la última palabra del capítulo. Mi tiempo allí había acabado y solo me tomó colocar el separador en el libro, sacar la cartera, pagar y ponerme el abrigo para estar fuera de allí con el sonido de las campanillas de la puerta anunciando mi retirada.

            A mi celular le tomó al menos media cuadra más en sonar.

–¿Hola?

–Hola cielo, soy yo –dijo.

Para nosotros ya había pasado mucho más tiempo que para la pareja del café. Su voz hace mucho que había dejado de alterar mis nervios.

–No pude llamarte antes, aún estoy atascado en el trabajo.

–Lo supuse –hace tres cigarrillos y más de un capitulo que lo había deducido.

–Lo siento ¿Lo pasamos para otro día? Justo ahora necesito estar en la oficina de Monroy y después recoger las herramientas para el proyecto.

–No te preocupes –preocuparse era para antes de ahora, antes de que estuviera tratando de no gritar… o de no llorar.

–Te prometo que te compensare.

¿Compensar un café que en teoría compensaría el cine de hace dos semanas? No pude responder a eso.

–Tengo que irme, lo siento. Saldremos la próxima vez. Descansa –fue todo, colgó y yo estuvo de nuevo sola en la calle.

jueves, 7 de agosto de 2014

COTIDIANIDAD




            

            Me gusta escuchar tus pasos que rompen el silencio de la tarde,
            adelantando tu llegada.
            Me gusta mirar tus silueta recortada en el marco de la puerta.
            Tenerte cara a cara para perderme en tu mirada,
            para fundirme con tu olor.
            Besar tu cuello, con los ojos cerrados,
            para grabarte en mi memoria.
            Acariciar tu espalda candente para temblar abrazada.
            Perderme en la oscuridad de tu cuerpo para sentirme viva.
            Abrir los ojos y extender el brazo,
            abrir la mano y tocar tus hombros,
            para tenerte.
            Me gusta mirar tu cabello húmedo, despeinado.
            Me gusta cuando te acercas, me besas y dices:

            -hasta pronto-.

SOLEDAD



                       

                        Surges, soledad.
                        Pura y clandestina,
            de melancolía abrazada
            y lágrimas pisando.
                        Te encaras al ansia,
            a los ojos luminosos,
            desvistes la paciencia.
                        Arrancas la visión
            del último suspiro: infranqueable.
                        Trágica comedia del sino humano.
                        Hundes tus manos lánguidas
            extrayendo palabra y sentimiento.
                        Resurges,
            soledad;
            vapuleando esperanzas,
            tragándote el espacio.
                        Pierdes el deseo febril de continuar.
                        Lanzas, presta,
            el ser a la cotidianidad.
                        Provocas colapsos,
            convulsiones patéticas,
            delirios ingenuos.
                        Surges,
                        soledad.

                        Destruyes.

NERUDA...


Conocí a Neruda una mañana limpia, tenía yo nueve o diez años y participaba en un concurso escolar de declamación; 
mi categoría había pasado y nos permitieron ingresar al salón enorme en el que se desarrollaba el concurso.

Y ahí lo encontré... 
En un claustro desierto en el que un Cristo inclinaba, cansado y empolvado, su cabeza coronada. Neruda parado a un lado lo observaba, escudriñando cada espacio de su piel, de sus ropas a jirones, de sus ropas tostadas de la sangre seca... 
Y el Cristo ahí, lejano, hambriento, de labios yertos, de ojos entreabiertos, contemplando profundamente adolorido, el paso inminente y terrible, cruel, huérfano, de la bestia maligna, vencedora, que se regodea en su paso por el mundo. 
Que repta, arrasando los desperdicios que la humanidad arroja, mortales mediocres, mortales humanos. 
El Cristo parcialmente iluminado por una pequeña y sucia lámpara, con una lucecita tenue y tímida, reflejaba en su rostro todo el dolor de los corazones perdidos, desesperados, abandonados, rotos. 
Con toda esa tristeza en su cuerpo lánguido, desfalleciente, sostenido apenas por los tendones desgarrados, entretejidos con el madero. 
De pronto, Neruda giró, se encontró con el Cristo y se vieron cara a cara. 
Yo parada, inmóvil, estupefacta, observaba...
¿Porqué lloraba el Cristo? ¿Porqué Neruda le susurraba?
-Hay Cristos que parecen tener pena por no poder cambiar la angustia ajena...
Neruda se acercó a consolarlo y el Cristo se inclinó lo más que pudo hacia los brazos abiertos... 
Entonces corrí, despavorida, con el grito ahogado en la garganta, con el terror temblando en mis rodillas, corrí... y regresé al gran salón... 
A partir de ese día fue mi amigo, mi espía, mi cómplice, mi dador de palabras.

domingo, 3 de agosto de 2014

El hambre y el vacío.


Llevaba ya tres semanas cargando con todas las semillas que podía tomar del campo para alimentar a mis hijos en casa. Conseguía de todo, mientras sirviera de comida para mi familia: unos cuantos granos de elote, unas pocas fresas, algunas semillas de girasol, y hasta chícharos.

Poco a poco, el campo iba desapareciendo, algunos hombres y se llevaban tantas frutas como podían en enormes canastos, y otros se llevaban decenas de elotes enteros en bolsas colgadas del pecho. Eran muy envidiosos, no permitían que nadie más tomara nada, ni siquiera las ardillas que se acercaban por nueces, ni los perros que olían los emparedados que llevaban para comer en su descanso al mediodía. Afortunadamente a mí aun no me habían descubierto.

Ayer por la noche mi familia sufría. Gracias al egoísmo de los hombres que saqueaban los campos, apenas y había conseguido lo suficiente para darle un bocado a cada uno de mis hijos. Ellos seguían pidiendo comida, así que a pesar del frío, salí a buscar algo.

Me llevé una terrible decepción al llegar al campo, encontrándolo completamente vacío, no había ya nada que salvar, ni siquiera un puñado de semillas que hubieran abandonado en la tierra. Sin valor para regresar a mi hogar sin alimento, me dirijí a las casas más cercanas.

Después de un breve paseo, pude ver un maravilloso pan colocado en una bandeja sobre el marco de una ventana abierta. Seguramente se trataba de la cena de los señores de la casa, pero también me sentí confiado de que ellos tendrían más para comer al tener una casa grande y bonita, así que pensando en mis hijos hambrientos, me acerqué.

Cuando estaba a punto de tomar un trozo de pan, listo para regresar con mi familia, un enorme golpe me arrojó al interior de la casa, y luego una pesada tela cayó sobre mí. Perdí la consciencia.

Hoy vivo en una pequeña jaula donde los humanos me aprisionaron. No sé nada de mi familia. Ya ni siquiera soy capaz de extender mis alas y volar. Los humanos me quitaron mi libertad a cambio de darme más semillas de las que puedo comer, cuando antes me impedían tomar sólo las necesarias.

sábado, 2 de agosto de 2014

EL PRINCIPE. NICOLAS MAQUIAVELO. Ensayo



"Hay que leer El Príncipe tomando en consideración la historia de los siglos anteriores a Maquiavelo, y la historia de su tiempo; y entonces esta obra no sólo está justificada, sino que aparece como la verdadera concepción, elevada y magnífica, de un auténtico genio político, del mas grande y más notable de los espíritus."
Hegel.

La vida y la obra de Nicolás Maquiavelo, están impregnadas de una fuerza inobjetable. Son capaces, ambas, de producir sentimientos ambivalentes en quien entra en contacto con ellas; la primera, su vida, llena de inteligencia, desprovista de riquezas al inicio, se justificó por el don magnífico de "sentir la política"; y su obra, deja de manifiesto su supeditación al Estado, dejando de lado las necesidades y los derechos del pueblo. El Estado se convierte en el Dios que inspira las doctrinas de El Príncipe.
De toda la historia de la literatura, El Príncipe es la mejor prueba de la verdad del aserto de Terenciano: "Pro captu lectoris habent sua fata libelli", (la fortuna de un libro depende de la capacidad de sus lectores); esta obra fue única y sin precedentes. No consistió en un tratado destinado al estudios de los sabios o al comentario de los filósofos de la política; es decir, no era leído para satisfacer una curiosidad intelectual. En manos de sus primeros lectores, era puesto en acción inmediatamente, era un arma poderosa y peligrosa en las grandes luchas políticas del mundo moderno. Sus efectos eran claros e indudables.
Sin embargo, ahora la lectura de la obra máxima de Maquiavelo, responde a una inversión completa en los juicios anteriormente declarados; la imagen de Maquiavelo y de su obra han cambiado a través de la historia, confusa por el amor de unos y por el odio de otros, a la etapa de reprobación total siguió otra de aprobación excesiva. Ante el retrato simple de las costumbres de su época y de los modos de pensar de sus propios tiempos, es preciso tratar de comprenderle antes de emitir un juicio sobre ella.

En este ensayo intento verter mi opinión de la obra; asumiendo la dificultad que entraña participar del pensamiento de otro y otra época, cuando la propia se ha construido cuatro siglos después.
Considero importante, establecer los contextos históricos y filosóficos en los que se elaboró El Príncipe, con el fin de marcar el punto de vista en el cual se enjuició la obra, permitiendo entender cuestionamientos que no tendrían respuestas válidas con el desconocimientos de aquellos. Y plantear, las concepciones que ahora se hacen sobre Maquiavelo.

Nicolo Maquiavelo nació en Florencia, Italia, el 3 de mayo de 1469. Su padre fue jurisconsulto y tesorero de la "Marca" y se carece de información más fidedigna sobre sus antepasados más remotos, por lo que su origen suscita aún varios debates. En su época existieron otras dos personas con el mismo apellido, Piero de Francisco y Nicolás Alejandro. Otro Maquiavelo, fue miembro del Consejo de los Diez. El padre del escritor fue Bernardo, hijo natural, esta ilegitimidad en su origen acarreó con el tiempo diversos sinsabores a Maquiavelo. Su patrimonio no era cuantioso. Su madre fue Bartolomea Nelli, gran religiosa y de costumbres irreprochables; Nicolás tuvo un hermano, Otto, y dos hermanas Primerana y Ginevra. Su esposa fue Marietta, hija de Ludovico Corsini, quien aportó una gran dote al momento de su casamiento; tuvo cuatro hijos: el primero, Nicolás, fue tesorero pontificio; el segundo, Ludovico, fue batallador; Guido, eclesiástico; y Pietro, fue marino de la flota militar de Césimo de Médicis. La línea masculina tuvo fin a la tercera generación, después de haber dado vida a diversos hijos, nietos y biznietos, el último de los cuales, Bartolo, no tuvo descendencia. A pesar de la inclinación que tuvo Maquiavelo, a los placeres fáciles, a la buena mesa y a los trueques intencionados, en su hogar se mostró fiel cumplidor de las obligaciones hogareñas y fue un buen esposo y un buen padre. Murió en 1527.
De su obra literaria se conocen: La Mandrágora, Clizia, Annalia et Cronicas Florentinas, Estudio de Pisa, Décadas de Tito Livio, Vida de Castruccio Castracani, El Arte de la Guerra, encomendado por el papa Clemente VII escribió Historia de Florencia, y por supuesto su obra cumbre, El Príncipe.

Esta época se caracteriza por una serie de cambios, de luchas, que van desgastando poco a poco a la península Itálica. Ante estos cambios, la consolidación del Sacro Imperio Romano en manos de Carlo Magno, el surgimiento del sistema feudal en substitución de las hegemonías bárbaras y la crisis que enfrentaba la Iglesia, por el conflicto con los emperadores en la famosa Guerra de las Investiduras, la cual dividió a los italianos en dos bandos inrreconciliables: los güelfos y los gibelinos; aunados todos estos sucesos a la fuerza del papa Gregorio VII, quién obligó al rey Enrique IV, a hacer penitencia frente al castillo de Canossa; no son sino el límite del período de caos frente al siglo en el cual se renace.
El Siglo XV, es por excelencia el siglo de la transición, es en éste en el que se da fin a las guerras internas, devastadoras; y se comienza a reconstruir el territorio, formando ciudades-estados, poderosos, como: Milán, Florencia, Venecia, Génova y Nápoles; momento en el que Roma regresaba a su predominio. Sin embargo, no se consolida una Unidad Italiana, pero si se establece una política de equilibrio entre los colosos del Adriático y los del Tirrano.
Mientras se producía el llamado Renacimiento, el pensamiento italiano  recoge la herencia de Dante, de Petrarca, etc., a los cuales no tardaría en unírseles Maquiavelo. Este es el tiempo de Brunelleschi, Bramante, Donatello, Fray Angélico, Botticelli, Miguel Angel Buenarrotti, Rafael, Leonardo, Tintoretto y Tizziano, entre otros, en las artes. Y entre los intelectos surgen, Erasmo, Lutero, Calvino, etc. Toda esta mezcla de sentimientos, obras maestras, artes y pensamientos, sirven en este momento, para dar un mucho de luz a la vida, antes de enfrentar lo que vendría. La idea del resto de Europa por lograr una tajada en lo que no se pudo dar como un sólido bloque de pueblos hermanos. Así, la Francia de Carlos VIII, la España de los Reyes Católicos y el Imperio de Maximiliano de Austria, llevaron de nuevo la guerra a los límites de Italia; todos ellos con justificaciones propias: Francia abogando derechos de solera angevina, reclamó el reino de Nápoles que le disputó España; ésta en la alianza que estableció con Venecia y con el Papado, logró que Carlos VIII hiciese marcha atrás, a pesar de que había sido Ludovico el Moro, duque de Milán, quien por odio a Fernando de Aragón, le abrió la frontera. Desde entonces Milán y Venecia no tenían buenas relaciones.
Las fatídicas guerras de Italia, hicieron derramar mucha sangre, y no pudieron menos de perjudicar abiertamente la poderosa economía de las ciudades-estados. Luis XII perseveró en la política de su antecesor Carlos VIII y acabó por adueñarse del Ducado de Milán. A partir de la batalla de Fornovo (1495), la paz y el equilibrio que se había intentado se convirtió en un mito, a favor siempre de intereses extranjeros.
De ésta manera, existiendo en la península por lo menos tres grandes y poderosos estados, Roma, Venecia y Milán, que operando juntos pudieron haber expulsado a los invasores, no se produjo la alianza. Sus rivalidades y particularismos borraron toda posibilidad de la unificación italiana.

Los postulados de la filosofía dentro de la cual se crea El Príncipe, son dos; por una parte se establece el contenido de la revelación cristiana, y por otra la concepción estoica de la igualdad natural de los hombres; sin embargo, parecía que en sentido material carecían de todo fundamento, es decir, al postulado de la igualdad de los hombre lo contradecían constantemente los hechos de la sociedad humana y de la historia. La teoría de la libertad natural y de los derechos naturales del hombre se enfrentaron continuamente a la contradicción; Russeau al principio de su Contrato Social declara: "El hombre nace libre, y en todas partes está encadenado".[1] En ésta concepción, el estado, era necesario, pero nunca podía ser considerado como un bien absoluto. Se estaba convencido de que el orden secular y el espiritual, a pesar de sus diferencias, formaban una unidad orgánica; y la humanidad entera aparecía como un sólo estado, fundado monárquicamente, gobernado por Dios mismo; y cada unidad parcial, eclesiástica o secular, derivaba su derecho de esta unidad primaria. Este estado era necesario para beneficio y seguridad del mundo, era bueno por su propósito, por su administración de la justicia; a pesar de que, de acuerdo con el dogma cristiano, era malo por su origen; era resultado del pecado original y de la caída del hombre. En otras palabra, la filosofía concebía al estado como una mal necesario, es decir, un mal relativo; comparado con la suprema, absoluta verdad religiosa, se ve que se encuentra en un nivel muy bajo, pero es bueno todavía en comparación con los niveles humanos comunes, los cuales sino fuera por el estado, les llevaría al caos. Siendo un castigo por las flaquezas, pasa a ser una especie de curación divina que elimina los efectos de aquellas.
Mientras en ésta época se da un debate entre lo bueno y lo malo de la filosofía política, el rompimiento de éste, para provocar otro mayor se da al aparecer El Príncipe. Puesto que fue él quién, de una manera manifiesta e indudable, termina con toda la tradición escolástica; destruyendo la piedra angular de ésta tradición: el sistema jerárquico. El dice, que su experiencia le ha enseñado que el poder, el verdadero y efectivo poder político, no tiene nada de divino.

No obstante el carácter de obra literaria, El Príncipe no deja de reflejar las realidades políticas de su tiempo, aunadas al análisis de la historia de los fenómenos políticos pretéritos. En El Príncipe se sacan a la luz, las causas de las grandezas y decadencias de los Estados, y atendiendo a éstas, se proponen una serie de medidas o consejos que seguir por los gobernantes para la conservación y el fomento de su poder.
Es en el capítulo XV, en el que se encuentra la célebre doctrina que le hace considerar lícitos los actos de los gobernantes, provistos o no de contenido ético, siempre y cuando tiendan al fortalecimiento del poder y al bienestar público; nominada "maquiavelismo", ésta doctrina, responde a una serie de necesidades que, para la conservación del estado, se manifestaron en El Príncipe. Bastaba con indicar la naturaleza de las cosas para destruir el sistema jerárquico y teocrático; donde, el pretendido origen divino de los reyes le parecía algo completamente fantástico. Era un producto de la imaginación, no del pensamiento lógico.

De acuerdo con esta tendencia, se le considera a la obra la iniciadora del concepto del principio político, invocado tantas veces, de la razón de Estado; es decir, de la separación de la política y de la ética cuando lo requiriese el incremento del Estado. Si bien en la obra no se encuentra, un conjunto sistemático de doctrina política, es posible rescatar una serie de reflexiones relacionadas con el aumento y la consolidación de la autoridad en la persona del gobernante. Para la obtención y para conservar ese poder contribuyen dos factores: la virtú, que significa, fuerza, inteligencia, astucia, crueldad cuando sea necesaria para la defensa del poder, hipocresía, disimulo, doblez, desconocimiento de la palabra dada y cualquier otro elemento que ayude a esa obtención y defensa del poder político.
Encontrando en la fortuna, azar o coyuntura individual o social que llevan al príncipe a consolidar el poder; el otro factor.
Es importante rescatar el paralelismo de las virtudes (entendidas a manera de Maquiavelo), del gobernante con las cualidades del león y del zorro. "El príncipe debe ser fuerte como un león y astuto como un zorro...".

Con Maquiavelo, el estado ha concretado su plena autonomía; sin embargo, el precio por pagar es alto: es completamente independiente y al mismo tiempo está completamente solo, aislado. Cuando en el Príncipe se habla de los hombres nuevos y cuando se analiza a los nuevos principados, se adivina el modelo de estado de César Borgia; en el sentido de admiración por la estructura del nuevo estado.
Respecto a esta nueva estructura declara: "Digo pues que los principados totalmente nuevos, en los que hay un nuevo príncipe, tienen para mantenerse una dificultad mayor o menor según sea más o menos capaz aquel que los adquiere. Y como quiera que esto de convertirse de hombre común en príncipe implica o capacidad o fortuna, parece que uno o la otra de estas dos cosas deba de servir para allanar muchas dificultades".[2]
En el concepto del Estado, el Príncipe refleja el abandono de las bases del sistema político medieval; el interés supremo era el del estado, del terrenal y secular estado.

No obstante, la polémica suscitada por esta obra y su autor, no solamente en el siglo XV, sino hasta nuestros días. Tenemos que reconocer que los principios revelados por Maquiavelo, para algunos faltos de ética, han servido de apoyo en la realidad política de cualquier época, han motivado que su influencia y difusión adquirieran proporciones extraordinarias y que Maquiavelo sea una de las figuras más conocidas, discutidas, y admiradas en la historia de las ideas políticas.

Son rescatables en El Príncipe, las reflexiones sobre el poder como uno de los ingredientes fundamentales de la comunidad política y que al consolidarse diera origen, primero al concepto de soberanía y segundo al Estado Moderno.
Si bien fueron muchas las vicisitudes sufridas por Maquiavelo, en el sentido histórico, es válido reconocerlo como precursor de la unidad de su patria, esto como respuesta al sentido patriótico reflejado en su trabajo.  Al estudiar El Príncipe debemos estar siempre en guardia contra las dos leyendas maquiavélicas, contra la leyenda de amor y contra la leyenda de odio.

Hombre misterioso, jamás diplomático, Maquiavelo enfrenta ahora dos retos, su vida y su obra. Pareciera ser que después de tanto que se ha dicho sobre él, algo importante salta a la vista: su vida la condujo de acuerdo a sus valores morales, el ser católico no le impedía criticar a la Iglesia, era buen amigo y buen empleado; y entonces nos asalta la duda: -¿y El Príncipe? En que momento deja Maquiavelo de ser civil para asumir la razón del Estado; confieso tener dudas sin respuestas. Confieso haberme dejado fascinar por la obra y fusionar en ella, a Maquiavelo, el hombre.

BIBLIOGRAFÍA
                Cassier, Ernst. "El Mito del Estado", México, D.F.; Ed. FCE, 5ª reimpresión, 1985.
                Correas, Oscar. compilador; "El otro Kelsen", México, D.F.; Ed. UNAM, 1989.
                Kelsen, Hans. "Teoría General del Derecho y del Estado", México, D.F.; Ed. UNAM, 1988.
                Maquiavelo, Nicolás. "El Príncipe", trad. J. Merino; México, D.F.; Ed. MUSA, 2ª edición, 1979.
                Porrúa Pérez, Francisco. "Teoría del Estado", México, D.F.; Ed. Porrúa, 1988.



[1]Rosseau, Juan Jacobo. "El Contrato Social", lib. I, cap.I.
[2]Maquiavelo, Nicolás. "El Príncipe", México, D.F.; Ed. MUSA, 1976, 2ª edición. CapVI, p.70

sábado, 26 de julio de 2014

La Dieta de la Prosperidad

Para prosperar en la vida, antes que nada, hay que ordenarse, pero ¿No es acaso -y lo será siempre- mucho más fácil ordenar un espacio casi vacío que otro casi lleno? La relación entre el espacio vacío y la prosperidad es muy íntima. No es poca la gente que asocia la prosperidad con la abundancia de pertenencias, propiedades y colección de experiencias, sin embargo yo me estoy refiriendo a otra cosa, estoy hablando de flujo, liquidez, movimiento, agilidad, esbeltez, translucidez...



Según la Kábala judía, la creación, específicamente la humanidad, representa una suerte de vasija cuya principal característica es el estar abierta y receptiva a la abundancia de bienes simbolizada como luz. (Para aquellos que les da urticaria cada vez que se habla de algo remotamente esotérico, les he de recordar que si hay un pueblo al que hay que escuchar cuando se habla de dinero y éxito, es precisamente al pueblo judío) La razón por la cual no recibimos aquello que tanto anhelamos y pedimos por una parte y que tan de buena gana se nos da, por la otra, es porque en alguna parte de la mente, no nos sentimos merecedores de tanta bendición.
En efecto, el sentido de inocencia es un requisito indispensable para recibir la oportunidad de oro, el golpe de suerte, la herencia inesperada, el premio gordo o el regalo de la vida que ésta nos quiere dar a través de un socio, un colaborador o un buen amigo. Hay una verdad evidente pero no por ello menos ignorada: No se puede llenar un espacio que ya está lleno. Para ser una buena vasija receptora de prosperidad hay que convertirse previamente en un espacio vacío. Un buen comienzo consiste en vaciar el cuerpo, la mente y el alma.
Con intenciones pedagógicas o científicas se desmembró a la gente en cuerpo, mente y espíritu. Así mismo se habla de dimensiones interpersonales a nivel familiar y colectivo. Durante cientos de años se nos ha incitado a llenar compulsivamente todos los espacios vacíos que podamos encontrar en cualquiera de estas dimensiones que he citado por una muy sencilla razón: es económicamente conveniente para el mercado. Luego entonces hay que llenar las tiendas de una comunidad artículos para que las familias a su vez retoquen sus casas de aparatos. Al cuerpo hay que adicionarle multi-vitamínicos, calorías, sabores, tratamientos, tintes, tatuajes, postizos, siliconas y todo aquello que la moda dicte, eso sí, sin perder de vista que siempre debe ir bien acorazado en marcas de moda en forma de ropa y marcas de lujo en forma automotriz. 
A la mente hay que llenarla sobre todo de ideas. Las creencias las vivimos como nuestras, es decir, como algo muy personal y por lo tanto casi sagrado con lo que nadie se debe de meter y todos deben respetar, sin embargo la verdad es que dichas ideas nos son infiltradas por vía intravenosa a través de la televisión, el cine y la internet. Nuestra familia nos hereda amorosamente la compulsión a llenarnos la mente con ideas que embonan con los valores de una sociedad basada en la propiedad privada, la producción de bienes y servicios así como de la competitividad. Así que cuando nos llega la invitación de un sacerdote budista por ejemplo, a “vaciar la mente” lo mejor que alcanzamos a hacer es a argumentar respetuosamente que eso es muy difícil, y luego vamos y prendemos el televisor para llenar nuestra mente de publicidad mientras descansamos.
A través de años ayudando a la gente a prosperar, he descubierto que la Ley de la Atracción sí funciona, siempre y cuando se parta del vacío del cuerpo, de la mente y del espíritu para generar aquello que deseamos experimentar. Porque de hecho, todo el tiempo estamos experimentando aquello que generamos con nuestra mente colectiva (y he de anotar aquí que sí se puede generar desde la mente individual, pero es mucho más difícil hacerlo así por obvias razones)
Ahora bien, se supone que tú no puedes cambiar al mundo, no puedes cambiar ni siquiera a tu hijo adolescente para que llegue a casa a la hora convenida, y con todo, al cambiarte a ti mismo, de algún modo modificas el funcionamiento de todo. El cambio al que e refiero, el que atrae la gran prosperidad, es el de mover tu identidad de lugar, para que, a cambio de “saber” que eres todo el contenido de tu mente (donde naciste, hijo de quién eres, a qué te dedicas, tu estado civil, etcétera), recuerdes que eres el espacio vacío donde acontecen todas las cosas de las que te puedes dar cuenta.  Cuando te vives como un espacio vacío que se da cuenta, nada te puede lastimar, nada te hace temer, nada puede activar tu ira, ni tu defensa ni tu ataque. Lo que deviene de tal liberación es el nacimiento del árbol de la paz interior, mismo que irremediablemente llega rebozado de de incontables frutos de verdadera prosperidad. Con la Paz interior se genera paz colectiva y en la paz social (o al menos empresarial) florece la prosperidad.
Por decirlo de un modo más o menos tradicional: A Dios le gusta entregarse en forma de Providencia, a tu alma le encanta pedir y recibir bendiciones materiales, simbólicas y trascendentales pero tu ego crea una suerte de aduana que haciéndose pasar por ti elige qué bendiciones recibe y cuáles de acuerdo a tus méritos personales. Así es que ya puedes ver todos los documentales sobre la Ley de la Atracción, leer todos los libros de prosperydad, asistir a todos los talleres de abundancia y asistir a la última conferencia del gurú de moda; si no has cultivado íntimamente tu sentido de recibir, la prosperidad te pasará de largo silbando una canción. ¿Y cómo nos abrimos a esta actitud de humildad y agradecimiento para recibir? Recobrando la inocencia ¿Cuál es el precio de ello? Vaciar el corazón -y otras tripas- junto con la mente. El mejor modo de hacerlo es perdonando a nuestros deudores y perdonando nuestras propias ofensas.
Es muy ingenuo pensar que se puede disfrutar y ganar en el juego de la vida sin perdonar las equivocaciones de los demás, así como el efecto de dichas equivocaciones. E ingenuo como pueda ser, hay quienes intentan infructuosamente disfrutar de unas vacaciones en el extranjero  con el corazón repleto de amargura y la mente rebosante de preocupaciones. Por eso mismo la gente no acaba de poner un pie en su casa cuando ya se quiere ir de nuevo, rompe, tira o pierde su teléfono celular para “tener” que hacerse de uno nuevo; es por eso también que consumimos con avidez el nuevo curso de moda o que compramos el siguiente libro de la zaga que después iremos a ver al cine. Es decir, Cuando no hay paz interior las cosas no nos alivian por mucho tiempo, así que compramos otro auto, otra casa, otra pantalla plana solo para acabar descubriéndonos con un ego gordo como un camello al que las puertas del cielo le parecen el ojo de una aguja. 
Hay muchos otros temas por desarrollar con respecto a la prosperidad mismos que espero tener la oportunidad de compartir contigo, pero de inicio te invito a deshacerte de todo aquello que ya no necesites en tu cuerpo, en tu mente (en tu corazón) y en tu alma. Porque para para prosperar no hace falta pensar mucho sino pensar poco pero muy bien. Las mejores ideas (la idea de un millón de dólares) muchas veces vienen tras un momento de meditación, un ensueño o incluso, durante una siesta -como le sucedió a Newton cuando descubrió la Ley de la gravedad. Es decir, la luz se hace cuando el ego está callado o al menos desacelerado. ¿Quieres que tu negocio prospere? Saca de él todo lo que no usas, ordena con armonía lo que quede y dispone a recibir...

Ramón Luna García
Psicoterapeuta
Especialista en Psicoterapia de Grupos (UNAM)
Cédula Profesional: 1761808
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