"Hay
que leer El Príncipe tomando en consideración la historia de los siglos
anteriores a Maquiavelo, y la historia de su tiempo; y entonces esta obra no
sólo está justificada, sino que aparece como la verdadera concepción, elevada y
magnífica, de un auténtico genio político, del mas grande y más notable de los
espíritus."
Hegel.
La vida y la
obra de Nicolás Maquiavelo, están impregnadas de una fuerza inobjetable. Son capaces,
ambas, de producir sentimientos ambivalentes en quien entra en contacto con
ellas; la primera, su vida, llena de inteligencia, desprovista de riquezas al
inicio, se justificó por el don magnífico de "sentir la política"; y
su obra, deja de manifiesto su supeditación al Estado, dejando de lado las
necesidades y los derechos del pueblo. El Estado se convierte en el Dios que
inspira las doctrinas de El Príncipe.
De toda la
historia de la literatura, El Príncipe es la mejor prueba de la verdad del aserto
de Terenciano: "Pro captu lectoris
habent sua fata libelli", (la fortuna de un libro depende de la
capacidad de sus lectores); esta obra fue única y sin precedentes. No consistió
en un tratado destinado al estudios de los sabios o al comentario de los filósofos
de la política; es decir, no era leído para satisfacer una curiosidad
intelectual. En manos de sus primeros lectores, era puesto en acción
inmediatamente, era un arma poderosa y peligrosa en las grandes luchas
políticas del mundo moderno. Sus efectos eran claros e indudables.
Sin embargo,
ahora la lectura de la obra máxima de Maquiavelo, responde a una inversión
completa en los juicios anteriormente declarados; la imagen de Maquiavelo y de
su obra han cambiado a través de la historia, confusa por el amor de unos y por
el odio de otros, a la etapa de reprobación total siguió otra de aprobación
excesiva. Ante el retrato simple de las costumbres de su época y de los modos
de pensar de sus propios tiempos, es preciso tratar de comprenderle antes de emitir
un juicio sobre ella.
En este ensayo intento verter mi opinión de la obra; asumiendo la dificultad que entraña participar del pensamiento de otro y otra época, cuando la propia se ha construido cuatro siglos después.
Considero
importante, establecer los contextos históricos y filosóficos en los que se
elaboró El Príncipe, con el fin de marcar el punto de vista en el cual se
enjuició la obra, permitiendo entender cuestionamientos que no tendrían
respuestas válidas con el desconocimientos de aquellos. Y plantear, las
concepciones que ahora se hacen sobre Maquiavelo.
Nicolo
Maquiavelo nació en Florencia, Italia, el 3 de mayo de 1469. Su padre fue
jurisconsulto y tesorero de la "Marca" y se carece de información más
fidedigna sobre sus antepasados más remotos, por lo que su origen suscita aún
varios debates. En su época existieron otras dos personas con el mismo
apellido, Piero de Francisco y Nicolás Alejandro. Otro Maquiavelo, fue miembro
del Consejo de los Diez. El padre del escritor fue Bernardo, hijo natural, esta
ilegitimidad en su origen acarreó con el tiempo diversos sinsabores a
Maquiavelo. Su patrimonio no era cuantioso. Su madre fue Bartolomea Nelli, gran
religiosa y de costumbres irreprochables; Nicolás tuvo un hermano, Otto, y dos
hermanas Primerana y Ginevra. Su esposa fue Marietta, hija de Ludovico Corsini,
quien aportó una gran dote al momento de su casamiento; tuvo cuatro hijos: el
primero, Nicolás, fue tesorero pontificio; el segundo, Ludovico, fue
batallador; Guido, eclesiástico; y Pietro, fue marino de la flota militar de
Césimo de Médicis. La línea masculina tuvo fin a la tercera generación, después
de haber dado vida a diversos hijos, nietos y biznietos, el último de los
cuales, Bartolo, no tuvo descendencia. A pesar de la inclinación que tuvo
Maquiavelo, a los placeres fáciles, a la buena mesa y a los trueques
intencionados, en su hogar se mostró fiel cumplidor de las obligaciones
hogareñas y fue un buen esposo y un buen padre. Murió en 1527.
De su obra
literaria se conocen: La Mandrágora, Clizia, Annalia et Cronicas Florentinas,
Estudio de Pisa, Décadas de Tito Livio, Vida de Castruccio Castracani, El Arte
de la Guerra, encomendado por el papa Clemente VII escribió Historia de
Florencia, y por supuesto su obra cumbre, El Príncipe.
Esta época
se caracteriza por una serie de cambios, de luchas, que van desgastando poco a
poco a la península Itálica. Ante estos cambios, la consolidación del Sacro
Imperio Romano en manos de Carlo Magno, el surgimiento del sistema feudal en
substitución de las hegemonías bárbaras y la crisis que enfrentaba la Iglesia,
por el conflicto con los emperadores en la famosa Guerra de las Investiduras,
la cual dividió a los italianos en dos bandos inrreconciliables: los güelfos y
los gibelinos; aunados todos estos sucesos a la fuerza del papa Gregorio VII,
quién obligó al rey Enrique IV, a hacer penitencia frente al castillo de
Canossa; no son sino el límite del período de caos frente al siglo en el cual
se renace.
El Siglo XV,
es por excelencia el siglo de la transición, es en éste en el que se da fin a
las guerras internas, devastadoras; y se comienza a reconstruir el territorio,
formando ciudades-estados, poderosos, como: Milán, Florencia, Venecia, Génova y
Nápoles; momento en el que Roma regresaba a su predominio. Sin embargo, no se
consolida una Unidad Italiana, pero si se establece una política de equilibrio
entre los colosos del Adriático y los del Tirrano.
Mientras se
producía el llamado Renacimiento, el pensamiento italiano recoge la herencia de Dante, de Petrarca,
etc., a los cuales no tardaría en unírseles Maquiavelo. Este es el tiempo de
Brunelleschi, Bramante, Donatello, Fray Angélico, Botticelli, Miguel Angel
Buenarrotti, Rafael, Leonardo, Tintoretto y Tizziano, entre otros, en las
artes. Y entre los intelectos surgen, Erasmo, Lutero, Calvino, etc. Toda esta
mezcla de sentimientos, obras maestras, artes y pensamientos, sirven en este
momento, para dar un mucho de luz a la vida, antes de enfrentar lo que vendría.
La idea del resto de Europa por lograr una tajada en lo que no se pudo dar
como un sólido bloque de pueblos hermanos. Así, la Francia de Carlos VIII, la
España de los Reyes Católicos y el Imperio de Maximiliano de Austria, llevaron
de nuevo la guerra a los límites de Italia; todos ellos con justificaciones
propias: Francia abogando derechos de solera angevina, reclamó el reino de
Nápoles que le disputó España; ésta en la alianza que estableció con Venecia y
con el Papado, logró que Carlos VIII hiciese marcha atrás, a pesar de que había
sido Ludovico el Moro, duque de Milán, quien por odio a Fernando de Aragón, le
abrió la frontera. Desde entonces Milán y Venecia no tenían buenas relaciones.
Las
fatídicas guerras de Italia, hicieron derramar mucha sangre, y no pudieron
menos de perjudicar abiertamente la poderosa economía de las ciudades-estados.
Luis XII perseveró en la política de su antecesor Carlos VIII y acabó por
adueñarse del Ducado de Milán. A partir de la batalla de Fornovo (1495), la paz
y el equilibrio que se había intentado se convirtió en un mito, a favor siempre
de intereses extranjeros.
De ésta
manera, existiendo en la península por lo menos tres grandes y poderosos
estados, Roma, Venecia y Milán, que operando juntos pudieron haber expulsado a
los invasores, no se produjo la alianza. Sus rivalidades y particularismos
borraron toda posibilidad de la unificación italiana.
Los postulados de la filosofía dentro de la cual se crea El Príncipe, son dos; por una parte se establece el contenido de la revelación cristiana, y por otra la concepción estoica de la igualdad natural de los hombres; sin embargo, parecía que en sentido material carecían de todo fundamento, es decir, al postulado de la igualdad de los hombre lo contradecían constantemente los hechos de la sociedad humana y de la historia. La teoría de la libertad natural y de los derechos naturales del hombre se enfrentaron continuamente a la contradicción; Russeau al principio de su Contrato Social declara: "El hombre nace libre, y en todas partes está encadenado".[1] En ésta concepción, el estado, era necesario, pero nunca podía ser considerado como un bien absoluto. Se estaba convencido de que el orden secular y el espiritual, a pesar de sus diferencias, formaban una unidad orgánica; y la humanidad entera aparecía como un sólo estado, fundado monárquicamente, gobernado por Dios mismo; y cada unidad parcial, eclesiástica o secular, derivaba su derecho de esta unidad primaria. Este estado era necesario para beneficio y seguridad del mundo, era bueno por su propósito, por su administración de la justicia; a pesar de que, de acuerdo con el dogma cristiano, era malo por su origen; era resultado del pecado original y de la caída del hombre. En otras palabra, la filosofía concebía al estado como una mal necesario, es decir, un mal relativo; comparado con la suprema, absoluta verdad religiosa, se ve que se encuentra en un nivel muy bajo, pero es bueno todavía en comparación con los niveles humanos comunes, los cuales sino fuera por el estado, les llevaría al caos. Siendo un castigo por las flaquezas, pasa a ser una especie de curación divina que elimina los efectos de aquellas.
Mientras en
ésta época se da un debate entre lo bueno y lo malo de la filosofía política,
el rompimiento de éste, para provocar otro mayor se da al aparecer El Príncipe.
Puesto que fue él quién, de una manera manifiesta e indudable, termina con toda
la tradición escolástica; destruyendo la piedra angular de ésta tradición: el
sistema jerárquico. El dice, que su experiencia le ha enseñado que el poder, el
verdadero y efectivo poder político, no tiene nada de divino.
No obstante
el carácter de obra literaria, El Príncipe no deja de reflejar las realidades
políticas de su tiempo, aunadas al análisis de la historia de los fenómenos
políticos pretéritos. En El Príncipe se sacan a la luz, las causas de las
grandezas y decadencias de los Estados, y atendiendo a éstas, se proponen una
serie de medidas o consejos que seguir por los gobernantes para la conservación
y el fomento de su poder.
Es en el
capítulo XV, en el que se encuentra la célebre doctrina que le hace considerar
lícitos los actos de los gobernantes, provistos o no de contenido ético,
siempre y cuando tiendan al fortalecimiento del poder y al bienestar público;
nominada "maquiavelismo", ésta doctrina, responde a una serie de
necesidades que, para la conservación del estado, se manifestaron en El
Príncipe. Bastaba con indicar la naturaleza de las cosas para destruir el
sistema jerárquico y teocrático; donde, el pretendido origen divino de los reyes
le parecía algo completamente fantástico. Era un producto de la imaginación, no
del pensamiento lógico.
De acuerdo
con esta tendencia, se le considera a la obra la iniciadora del concepto del
principio político, invocado tantas veces, de la razón de Estado; es decir, de
la separación de la política y de la ética cuando lo requiriese el incremento
del Estado. Si bien en la obra no se encuentra, un conjunto sistemático de
doctrina política, es posible rescatar una serie de reflexiones relacionadas
con el aumento y la consolidación de la autoridad en la persona del gobernante.
Para la obtención y para conservar ese poder contribuyen dos factores: la virtú, que significa, fuerza,
inteligencia, astucia, crueldad cuando sea necesaria para la defensa del poder,
hipocresía, disimulo, doblez, desconocimiento de la palabra dada y cualquier
otro elemento que ayude a esa obtención y defensa del poder político.
Encontrando
en la fortuna, azar o coyuntura individual o social que llevan al príncipe a
consolidar el poder; el otro factor.
Es
importante rescatar el paralelismo de las virtudes (entendidas a manera de
Maquiavelo), del gobernante con las cualidades del león y del zorro. "El
príncipe debe ser fuerte como un león y astuto como un zorro...".
Con
Maquiavelo, el estado ha concretado su plena autonomía; sin embargo, el precio
por pagar es alto: es completamente independiente y al mismo tiempo está
completamente solo, aislado. Cuando en el Príncipe se habla de los hombres
nuevos y cuando se analiza a los nuevos principados, se adivina el modelo de
estado de César Borgia; en el sentido de admiración por la estructura del nuevo
estado.
Respecto a
esta nueva estructura declara: "Digo pues que los principados totalmente
nuevos, en los que hay un nuevo príncipe, tienen para mantenerse una dificultad
mayor o menor según sea más o menos capaz aquel que los adquiere. Y como quiera
que esto de convertirse de hombre común en príncipe implica o capacidad o
fortuna, parece que uno o la otra de estas dos cosas deba de servir para
allanar muchas dificultades".[2]
En el
concepto del Estado, el Príncipe refleja el abandono de las bases del sistema
político medieval; el interés supremo era el del estado, del terrenal y secular
estado.
No obstante,
la polémica suscitada por esta obra y su autor, no solamente en el siglo XV,
sino hasta nuestros días. Tenemos que reconocer que los principios revelados
por Maquiavelo, para algunos faltos de ética, han servido de apoyo en la
realidad política de cualquier época, han motivado que su influencia y difusión
adquirieran proporciones extraordinarias y que Maquiavelo sea una de las
figuras más conocidas, discutidas, y admiradas en la historia de las ideas
políticas.
Son
rescatables en El Príncipe, las reflexiones sobre el poder como uno de los
ingredientes fundamentales de la comunidad política y que al consolidarse diera
origen, primero al concepto de soberanía y segundo al Estado Moderno.
Si bien
fueron muchas las vicisitudes sufridas por Maquiavelo, en el sentido histórico,
es válido reconocerlo como precursor de la unidad de su patria, esto como
respuesta al sentido patriótico reflejado en su trabajo. Al estudiar El Príncipe debemos estar siempre
en guardia contra las dos leyendas maquiavélicas, contra la leyenda de amor y
contra la leyenda de odio.
Hombre
misterioso, jamás diplomático, Maquiavelo enfrenta ahora dos retos, su vida y
su obra. Pareciera ser que después de tanto que se ha dicho sobre él, algo
importante salta a la vista: su vida la condujo de acuerdo a sus valores
morales, el ser católico no le impedía criticar a la Iglesia, era buen amigo y
buen empleado; y entonces nos asalta la duda: -¿y El Príncipe? En que momento
deja Maquiavelo de ser civil para asumir la razón del Estado; confieso tener
dudas sin respuestas. Confieso haberme dejado fascinar por la obra y fusionar
en ella, a Maquiavelo, el hombre.
BIBLIOGRAFÍA
Cassier, Ernst. "El Mito
del Estado", México, D.F.; Ed. FCE, 5ª reimpresión, 1985.
Correas, Oscar. compilador;
"El otro Kelsen", México, D.F.; Ed. UNAM, 1989.
Kelsen, Hans. "Teoría
General del Derecho y del Estado", México, D.F.; Ed. UNAM, 1988.
Maquiavelo, Nicolás. "El
Príncipe", trad. J. Merino; México, D.F.; Ed. MUSA, 2ª edición, 1979.
Porrúa Pérez, Francisco. "Teoría
del Estado", México, D.F.; Ed. Porrúa, 1988.



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