sábado, 2 de agosto de 2014

EL PRINCIPE. NICOLAS MAQUIAVELO. Ensayo



"Hay que leer El Príncipe tomando en consideración la historia de los siglos anteriores a Maquiavelo, y la historia de su tiempo; y entonces esta obra no sólo está justificada, sino que aparece como la verdadera concepción, elevada y magnífica, de un auténtico genio político, del mas grande y más notable de los espíritus."
Hegel.

La vida y la obra de Nicolás Maquiavelo, están impregnadas de una fuerza inobjetable. Son capaces, ambas, de producir sentimientos ambivalentes en quien entra en contacto con ellas; la primera, su vida, llena de inteligencia, desprovista de riquezas al inicio, se justificó por el don magnífico de "sentir la política"; y su obra, deja de manifiesto su supeditación al Estado, dejando de lado las necesidades y los derechos del pueblo. El Estado se convierte en el Dios que inspira las doctrinas de El Príncipe.
De toda la historia de la literatura, El Príncipe es la mejor prueba de la verdad del aserto de Terenciano: "Pro captu lectoris habent sua fata libelli", (la fortuna de un libro depende de la capacidad de sus lectores); esta obra fue única y sin precedentes. No consistió en un tratado destinado al estudios de los sabios o al comentario de los filósofos de la política; es decir, no era leído para satisfacer una curiosidad intelectual. En manos de sus primeros lectores, era puesto en acción inmediatamente, era un arma poderosa y peligrosa en las grandes luchas políticas del mundo moderno. Sus efectos eran claros e indudables.
Sin embargo, ahora la lectura de la obra máxima de Maquiavelo, responde a una inversión completa en los juicios anteriormente declarados; la imagen de Maquiavelo y de su obra han cambiado a través de la historia, confusa por el amor de unos y por el odio de otros, a la etapa de reprobación total siguió otra de aprobación excesiva. Ante el retrato simple de las costumbres de su época y de los modos de pensar de sus propios tiempos, es preciso tratar de comprenderle antes de emitir un juicio sobre ella.

En este ensayo intento verter mi opinión de la obra; asumiendo la dificultad que entraña participar del pensamiento de otro y otra época, cuando la propia se ha construido cuatro siglos después.
Considero importante, establecer los contextos históricos y filosóficos en los que se elaboró El Príncipe, con el fin de marcar el punto de vista en el cual se enjuició la obra, permitiendo entender cuestionamientos que no tendrían respuestas válidas con el desconocimientos de aquellos. Y plantear, las concepciones que ahora se hacen sobre Maquiavelo.

Nicolo Maquiavelo nació en Florencia, Italia, el 3 de mayo de 1469. Su padre fue jurisconsulto y tesorero de la "Marca" y se carece de información más fidedigna sobre sus antepasados más remotos, por lo que su origen suscita aún varios debates. En su época existieron otras dos personas con el mismo apellido, Piero de Francisco y Nicolás Alejandro. Otro Maquiavelo, fue miembro del Consejo de los Diez. El padre del escritor fue Bernardo, hijo natural, esta ilegitimidad en su origen acarreó con el tiempo diversos sinsabores a Maquiavelo. Su patrimonio no era cuantioso. Su madre fue Bartolomea Nelli, gran religiosa y de costumbres irreprochables; Nicolás tuvo un hermano, Otto, y dos hermanas Primerana y Ginevra. Su esposa fue Marietta, hija de Ludovico Corsini, quien aportó una gran dote al momento de su casamiento; tuvo cuatro hijos: el primero, Nicolás, fue tesorero pontificio; el segundo, Ludovico, fue batallador; Guido, eclesiástico; y Pietro, fue marino de la flota militar de Césimo de Médicis. La línea masculina tuvo fin a la tercera generación, después de haber dado vida a diversos hijos, nietos y biznietos, el último de los cuales, Bartolo, no tuvo descendencia. A pesar de la inclinación que tuvo Maquiavelo, a los placeres fáciles, a la buena mesa y a los trueques intencionados, en su hogar se mostró fiel cumplidor de las obligaciones hogareñas y fue un buen esposo y un buen padre. Murió en 1527.
De su obra literaria se conocen: La Mandrágora, Clizia, Annalia et Cronicas Florentinas, Estudio de Pisa, Décadas de Tito Livio, Vida de Castruccio Castracani, El Arte de la Guerra, encomendado por el papa Clemente VII escribió Historia de Florencia, y por supuesto su obra cumbre, El Príncipe.

Esta época se caracteriza por una serie de cambios, de luchas, que van desgastando poco a poco a la península Itálica. Ante estos cambios, la consolidación del Sacro Imperio Romano en manos de Carlo Magno, el surgimiento del sistema feudal en substitución de las hegemonías bárbaras y la crisis que enfrentaba la Iglesia, por el conflicto con los emperadores en la famosa Guerra de las Investiduras, la cual dividió a los italianos en dos bandos inrreconciliables: los güelfos y los gibelinos; aunados todos estos sucesos a la fuerza del papa Gregorio VII, quién obligó al rey Enrique IV, a hacer penitencia frente al castillo de Canossa; no son sino el límite del período de caos frente al siglo en el cual se renace.
El Siglo XV, es por excelencia el siglo de la transición, es en éste en el que se da fin a las guerras internas, devastadoras; y se comienza a reconstruir el territorio, formando ciudades-estados, poderosos, como: Milán, Florencia, Venecia, Génova y Nápoles; momento en el que Roma regresaba a su predominio. Sin embargo, no se consolida una Unidad Italiana, pero si se establece una política de equilibrio entre los colosos del Adriático y los del Tirrano.
Mientras se producía el llamado Renacimiento, el pensamiento italiano  recoge la herencia de Dante, de Petrarca, etc., a los cuales no tardaría en unírseles Maquiavelo. Este es el tiempo de Brunelleschi, Bramante, Donatello, Fray Angélico, Botticelli, Miguel Angel Buenarrotti, Rafael, Leonardo, Tintoretto y Tizziano, entre otros, en las artes. Y entre los intelectos surgen, Erasmo, Lutero, Calvino, etc. Toda esta mezcla de sentimientos, obras maestras, artes y pensamientos, sirven en este momento, para dar un mucho de luz a la vida, antes de enfrentar lo que vendría. La idea del resto de Europa por lograr una tajada en lo que no se pudo dar como un sólido bloque de pueblos hermanos. Así, la Francia de Carlos VIII, la España de los Reyes Católicos y el Imperio de Maximiliano de Austria, llevaron de nuevo la guerra a los límites de Italia; todos ellos con justificaciones propias: Francia abogando derechos de solera angevina, reclamó el reino de Nápoles que le disputó España; ésta en la alianza que estableció con Venecia y con el Papado, logró que Carlos VIII hiciese marcha atrás, a pesar de que había sido Ludovico el Moro, duque de Milán, quien por odio a Fernando de Aragón, le abrió la frontera. Desde entonces Milán y Venecia no tenían buenas relaciones.
Las fatídicas guerras de Italia, hicieron derramar mucha sangre, y no pudieron menos de perjudicar abiertamente la poderosa economía de las ciudades-estados. Luis XII perseveró en la política de su antecesor Carlos VIII y acabó por adueñarse del Ducado de Milán. A partir de la batalla de Fornovo (1495), la paz y el equilibrio que se había intentado se convirtió en un mito, a favor siempre de intereses extranjeros.
De ésta manera, existiendo en la península por lo menos tres grandes y poderosos estados, Roma, Venecia y Milán, que operando juntos pudieron haber expulsado a los invasores, no se produjo la alianza. Sus rivalidades y particularismos borraron toda posibilidad de la unificación italiana.

Los postulados de la filosofía dentro de la cual se crea El Príncipe, son dos; por una parte se establece el contenido de la revelación cristiana, y por otra la concepción estoica de la igualdad natural de los hombres; sin embargo, parecía que en sentido material carecían de todo fundamento, es decir, al postulado de la igualdad de los hombre lo contradecían constantemente los hechos de la sociedad humana y de la historia. La teoría de la libertad natural y de los derechos naturales del hombre se enfrentaron continuamente a la contradicción; Russeau al principio de su Contrato Social declara: "El hombre nace libre, y en todas partes está encadenado".[1] En ésta concepción, el estado, era necesario, pero nunca podía ser considerado como un bien absoluto. Se estaba convencido de que el orden secular y el espiritual, a pesar de sus diferencias, formaban una unidad orgánica; y la humanidad entera aparecía como un sólo estado, fundado monárquicamente, gobernado por Dios mismo; y cada unidad parcial, eclesiástica o secular, derivaba su derecho de esta unidad primaria. Este estado era necesario para beneficio y seguridad del mundo, era bueno por su propósito, por su administración de la justicia; a pesar de que, de acuerdo con el dogma cristiano, era malo por su origen; era resultado del pecado original y de la caída del hombre. En otras palabra, la filosofía concebía al estado como una mal necesario, es decir, un mal relativo; comparado con la suprema, absoluta verdad religiosa, se ve que se encuentra en un nivel muy bajo, pero es bueno todavía en comparación con los niveles humanos comunes, los cuales sino fuera por el estado, les llevaría al caos. Siendo un castigo por las flaquezas, pasa a ser una especie de curación divina que elimina los efectos de aquellas.
Mientras en ésta época se da un debate entre lo bueno y lo malo de la filosofía política, el rompimiento de éste, para provocar otro mayor se da al aparecer El Príncipe. Puesto que fue él quién, de una manera manifiesta e indudable, termina con toda la tradición escolástica; destruyendo la piedra angular de ésta tradición: el sistema jerárquico. El dice, que su experiencia le ha enseñado que el poder, el verdadero y efectivo poder político, no tiene nada de divino.

No obstante el carácter de obra literaria, El Príncipe no deja de reflejar las realidades políticas de su tiempo, aunadas al análisis de la historia de los fenómenos políticos pretéritos. En El Príncipe se sacan a la luz, las causas de las grandezas y decadencias de los Estados, y atendiendo a éstas, se proponen una serie de medidas o consejos que seguir por los gobernantes para la conservación y el fomento de su poder.
Es en el capítulo XV, en el que se encuentra la célebre doctrina que le hace considerar lícitos los actos de los gobernantes, provistos o no de contenido ético, siempre y cuando tiendan al fortalecimiento del poder y al bienestar público; nominada "maquiavelismo", ésta doctrina, responde a una serie de necesidades que, para la conservación del estado, se manifestaron en El Príncipe. Bastaba con indicar la naturaleza de las cosas para destruir el sistema jerárquico y teocrático; donde, el pretendido origen divino de los reyes le parecía algo completamente fantástico. Era un producto de la imaginación, no del pensamiento lógico.

De acuerdo con esta tendencia, se le considera a la obra la iniciadora del concepto del principio político, invocado tantas veces, de la razón de Estado; es decir, de la separación de la política y de la ética cuando lo requiriese el incremento del Estado. Si bien en la obra no se encuentra, un conjunto sistemático de doctrina política, es posible rescatar una serie de reflexiones relacionadas con el aumento y la consolidación de la autoridad en la persona del gobernante. Para la obtención y para conservar ese poder contribuyen dos factores: la virtú, que significa, fuerza, inteligencia, astucia, crueldad cuando sea necesaria para la defensa del poder, hipocresía, disimulo, doblez, desconocimiento de la palabra dada y cualquier otro elemento que ayude a esa obtención y defensa del poder político.
Encontrando en la fortuna, azar o coyuntura individual o social que llevan al príncipe a consolidar el poder; el otro factor.
Es importante rescatar el paralelismo de las virtudes (entendidas a manera de Maquiavelo), del gobernante con las cualidades del león y del zorro. "El príncipe debe ser fuerte como un león y astuto como un zorro...".

Con Maquiavelo, el estado ha concretado su plena autonomía; sin embargo, el precio por pagar es alto: es completamente independiente y al mismo tiempo está completamente solo, aislado. Cuando en el Príncipe se habla de los hombres nuevos y cuando se analiza a los nuevos principados, se adivina el modelo de estado de César Borgia; en el sentido de admiración por la estructura del nuevo estado.
Respecto a esta nueva estructura declara: "Digo pues que los principados totalmente nuevos, en los que hay un nuevo príncipe, tienen para mantenerse una dificultad mayor o menor según sea más o menos capaz aquel que los adquiere. Y como quiera que esto de convertirse de hombre común en príncipe implica o capacidad o fortuna, parece que uno o la otra de estas dos cosas deba de servir para allanar muchas dificultades".[2]
En el concepto del Estado, el Príncipe refleja el abandono de las bases del sistema político medieval; el interés supremo era el del estado, del terrenal y secular estado.

No obstante, la polémica suscitada por esta obra y su autor, no solamente en el siglo XV, sino hasta nuestros días. Tenemos que reconocer que los principios revelados por Maquiavelo, para algunos faltos de ética, han servido de apoyo en la realidad política de cualquier época, han motivado que su influencia y difusión adquirieran proporciones extraordinarias y que Maquiavelo sea una de las figuras más conocidas, discutidas, y admiradas en la historia de las ideas políticas.

Son rescatables en El Príncipe, las reflexiones sobre el poder como uno de los ingredientes fundamentales de la comunidad política y que al consolidarse diera origen, primero al concepto de soberanía y segundo al Estado Moderno.
Si bien fueron muchas las vicisitudes sufridas por Maquiavelo, en el sentido histórico, es válido reconocerlo como precursor de la unidad de su patria, esto como respuesta al sentido patriótico reflejado en su trabajo.  Al estudiar El Príncipe debemos estar siempre en guardia contra las dos leyendas maquiavélicas, contra la leyenda de amor y contra la leyenda de odio.

Hombre misterioso, jamás diplomático, Maquiavelo enfrenta ahora dos retos, su vida y su obra. Pareciera ser que después de tanto que se ha dicho sobre él, algo importante salta a la vista: su vida la condujo de acuerdo a sus valores morales, el ser católico no le impedía criticar a la Iglesia, era buen amigo y buen empleado; y entonces nos asalta la duda: -¿y El Príncipe? En que momento deja Maquiavelo de ser civil para asumir la razón del Estado; confieso tener dudas sin respuestas. Confieso haberme dejado fascinar por la obra y fusionar en ella, a Maquiavelo, el hombre.

BIBLIOGRAFÍA
                Cassier, Ernst. "El Mito del Estado", México, D.F.; Ed. FCE, 5ª reimpresión, 1985.
                Correas, Oscar. compilador; "El otro Kelsen", México, D.F.; Ed. UNAM, 1989.
                Kelsen, Hans. "Teoría General del Derecho y del Estado", México, D.F.; Ed. UNAM, 1988.
                Maquiavelo, Nicolás. "El Príncipe", trad. J. Merino; México, D.F.; Ed. MUSA, 2ª edición, 1979.
                Porrúa Pérez, Francisco. "Teoría del Estado", México, D.F.; Ed. Porrúa, 1988.



[1]Rosseau, Juan Jacobo. "El Contrato Social", lib. I, cap.I.
[2]Maquiavelo, Nicolás. "El Príncipe", México, D.F.; Ed. MUSA, 1976, 2ª edición. CapVI, p.70

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