jueves, 7 de agosto de 2014

NERUDA...


Conocí a Neruda una mañana limpia, tenía yo nueve o diez años y participaba en un concurso escolar de declamación; 
mi categoría había pasado y nos permitieron ingresar al salón enorme en el que se desarrollaba el concurso.

Y ahí lo encontré... 
En un claustro desierto en el que un Cristo inclinaba, cansado y empolvado, su cabeza coronada. Neruda parado a un lado lo observaba, escudriñando cada espacio de su piel, de sus ropas a jirones, de sus ropas tostadas de la sangre seca... 
Y el Cristo ahí, lejano, hambriento, de labios yertos, de ojos entreabiertos, contemplando profundamente adolorido, el paso inminente y terrible, cruel, huérfano, de la bestia maligna, vencedora, que se regodea en su paso por el mundo. 
Que repta, arrasando los desperdicios que la humanidad arroja, mortales mediocres, mortales humanos. 
El Cristo parcialmente iluminado por una pequeña y sucia lámpara, con una lucecita tenue y tímida, reflejaba en su rostro todo el dolor de los corazones perdidos, desesperados, abandonados, rotos. 
Con toda esa tristeza en su cuerpo lánguido, desfalleciente, sostenido apenas por los tendones desgarrados, entretejidos con el madero. 
De pronto, Neruda giró, se encontró con el Cristo y se vieron cara a cara. 
Yo parada, inmóvil, estupefacta, observaba...
¿Porqué lloraba el Cristo? ¿Porqué Neruda le susurraba?
-Hay Cristos que parecen tener pena por no poder cambiar la angustia ajena...
Neruda se acercó a consolarlo y el Cristo se inclinó lo más que pudo hacia los brazos abiertos... 
Entonces corrí, despavorida, con el grito ahogado en la garganta, con el terror temblando en mis rodillas, corrí... y regresé al gran salón... 
A partir de ese día fue mi amigo, mi espía, mi cómplice, mi dador de palabras.

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